ADD, una humorada gótica

 

BUSCADOS

INFANTICIDIA

CARGOS

DESORDEN EN SUS QUEHACERES

ABUSOS DE ASPIRINETA

TRISTEZA EN CANTIDADES IRREPONSABLES

AFECTADITO

CARGOS

SER PELADO CIEGO E INSOMNE

HABLAR POCO EN CLASE

NO MOLESTAR EN EL RECREO

Favor reportar a la guardia imperial

 

Estas frases estampan las remeras que visten algunos adolescentes al modo de importantes avisos de captura. La moda nos hace llegar lo “negro” de un tipo de humor que nos toma desprevenidos. A aquellos que nos encontramos abocados a pensar en la problemática del diagnóstico y la incidencia del DSM IV en la medicalización, esta humorada nos sorprende cuando la equiparamos a las expresiones que describen el Trastorno por Déficit de Atención (ADDAttention deficit disorder).

El diagnóstico de ADD y su consecuente tratamiento es muy demandado en los últimos tiempos. Este trastorno lee como signos de enfermedad el desorden, el movimiento, la falta de atención, el desinterés, la insociabilidad, etc. Como los “avisos de captura” lo enuncian y una carta abierta al ministerio de salud –firmada por profesionales y funcionarios- lo denuncia, se ha llegado al punto de considerar a dicho trastorno como un problema del que la salud pública debe hacerse cargo por temor a los efectos que el mismo podría acarrear. A modo de ejemplo se puede observar el Proyecto de Ley presentado en la Cámara de Diputados de la Provincia de Salta que solicita la detección temprana del ADD en toda la provincia en lo niveles de EGB1 y EGB2[1]. Los “buscados”, es decir los niños con estas características, deben ser detectados con antelación y el sistema educativo hará de “policía” al procurar anticipar tempranamente el tratamiento de los mismos para evitar un pronóstico que augura que ellos podrían transformarse, a futuro, en los promotores de actividades delictivas o violentas.

¿Podríamos equiparar entonces, a la salud pública con la “Guardia imperial” a la que aluden las estampas de las remeras?

La pregunta que nos hacemos los que ponemos en cuestión dicho síndrome es: ¿serán los jóvenes no tratados en su infancia un problema a futuro? O ¿la forma “correcta” del tratamiento –administración de psicofármacos a niños- será la causa del problema que se intenta solucionar?

Replantear las dificultades de este diagnóstico y de su tratamiento, así como la promoción de ciertos espacios de detección, o la revisión de la lógica del aprendizaje actual –es decir, las formas en que se intenta contener, transmitir y educar- podrían ser algunos de los tantos recorridos posibles para pensar porqué se hace necesario medicar a los niños para que puedan permanecer en la escuela. Sin embargo en esta oportunidad, conmovidos por la transfiguración subversiva de los personajes creados para estos diseños, Afectadito e Infanticida; queremos detenernos, unos instantes, en el humor.

La posibilidad humorística, nos dice S. Freud, otorga a los pueblos la capacidad de sustraerse al sufrimiento rechazando la realidad para servir a una ilusión. Según Freud, el humor produce una operación de desmentida en la cual el yo se rehúsa a dejarse ofender por los influjos de la realidad y se empecina en que el mundo exterior no puede afectarlo. De este modo, el humor, desmiente el destino aciago e inexorable del hombre y abre un espacio singular donde experimentar y percibir el mundo. La retórica del humor hace lazo, subvierte la realidad no la desaparece, y nos obliga a que luego de percibir sus expresiones debamos reformular nuestros argumentos. El humor remueve los imaginarios de totalidad y transparencia del lenguaje, rota la representación del mundo, y la lógica discursiva que hasta ese momento tenía un lugar de hegemonía debe volver a replantearse. El humor con su estructura “vulgar” interroga el mandato medicalizador del discurso médico en expresiones tales como: buscado, hablar poco en clase, molestar en los recreos, desórdenes en sus tareas, tristeza en cantidades irresponsables, abuso de aspirineta, etc.

El pragmatismo del humor pone de relieve una estética que juega con una retórica diferente, novedosa y dicotómica. Ficciona con el relato grotesco y conmovedor de Afectadito, Infanticidia y sus amigos las historias de vida de otros niños y los avatares del tratamiento de estos factores que, hoy, se sitúan como un problema en la infancia.

La añoranza científica por lo verdadero ha pretendido y pretenderá desembarazarse de la ficción negando su lugar de productora de realidad. El relato histórico científico ha tomado el lugar del único autorizado para describir lo real. El saber médico se considera a sí mismo objetivo y descriptivo de una realidad que lo preexiste, como si el nada tuviera que ver con ella. M. De Certau (1995) nos alerta sobre él “(…) este relato es eficaz, pretendiendo contar lo real lo fabrica, es preformativo, vuelve creíble lo que dice y hace actuar en consecuencia, produciendo creyentes produce practicantes”. El saber médico opera como si nada tuviera que ver con aquello que el mismo produce. Por esto, y preocupados por los efectos que nuestra práctica engendra, nos proponemos desarmar la creencia de que el ADD “es” y “está allí” dándole una oportunidad a estos decires que interrogan acerca del lugar del niño “desviado” o “enfermo” y su malestar.

Así surge nuestro primer interrogante: ¿De qué se ríen estas diseñadoras al jugar con frases que nombran el desvío y lo negativo?

Creemos que hacen humorada de la insistencia en pedagogizar todos los espacios, inclusive los de placer o recreación. Que se burlan de la necesidad de sancionar la inactividad o su exceso como patológica. Creemos que se ríen del irrefrenable y recurrente mandato de regular los estados de ánimo.

Cuando investigábamos acerca de la procedencia de dichas remeras, nos encontramos con la historia de Agente 13. El relato comprendía en una serie de episodios en los que, sus creadoras, llevan al extremo la imagen del niño “gótico”[2], oscuro, medieval, amordazado. Observemos como su humor rompe con los supuestos universalistas de los discursos “serios”, “razonables” y “bellos”. Uno de sus personajes canta:

“Arroz con leche me quiero matar, con esta pastillita me voy a calmar”

De forma irreverente, ambivalente y deconstructiva se quiebran los imaginarios de coherencia y transparencia del lenguaje. Lo “serio” y “razonable” de la jerarquía del discurso médico, cobra otra vida, cambia de apariencia al ser mirado desde la perspectiva cómica. Entonces creemos que es posible encontrar en estas formas del humor el afán de construir nuevas significaciones sociales para aquello que desde otro lugar se nombra como patológico y necesitado de urgente administración farmacológica.

Tomemos un episodio de la historia de Agente 13…

“Episodio 3: Infanticidia se asusta.

Infanticidia mató su niñez la noche que unas bestias con garras filosas descabezaron a su juguete preferido: un muñeco de tela rosa relleno con grumos de telgopor. Las lágrimas tardaron en brotar de sus ojos. Tardaron varios días, enteros repletos de instantes, veces, momentos. En esa progresión hacia el llanto, su mirada bajó hasta el fondo de su alma. Ahí no había colores. Ahí había sombras, hojas, barro, insectos y uno o dos sapos.

<Nada es rrrrosa acá, pensaba ella. Nada tiene gusto rrrosa, nada tiene sonido rrrosa>

Ahí abajo, las sombras, las hojas, el barro, los insectos y los sapos no hablaban el idioma de Infanticidia. ¿Pero quienes hablaban su idioma?”

La pregunta por quién habla el idioma de Infanticidia nos remite a la necesidad de poner de manifiesto que la coherencia de los enunciados no depende de la lógica, sino que serán los agenciamientos colectivos de enunciación, la pragmática de la época los que les darán el valor de normalidad a los mismos y al sujeto que los emite. Infanticidia parece dar cuenta en forma prematura del infortunio común, la vida no es rosa. Los comentarios de infanticidia hoy pondrían los pelos de punta a cualquier adulto, que se preguntaría ¿es que ha enloquecido esta niña? Ahora, si nos remontáramos unas centenas de años atrás cuando las expectativas en torno a los niños no permitía dibujar el concepto moderno de infancia con crayón rosa, ¿esta frase se hubiera escuchado igual? Foucault nos advierte sobre la fuerza de los enunciados, al punto de que la locura se ha definido modernamente más con relación a las transgresiones del lenguaje que a las transgresiones de los actos. Contra esto, los diferentes modelos terapéuticos autorizan desde la medicación hasta la interpretación, a condición de que se le devuelva a la “locura” una producción de sentido que se ajuste a los códigos comunes.

¿Como tramitar entonces eso que irrumpe como horroroso cuando el mundo de un niño deja de ser color de rosa?

Qué es el humor, sino aquella operatoria que nos produce extrañamiento y efecto de distanciamiento ¿Es posible ante esa sombra horrorosa, ante eso aparecido que “no” se espera, ver una expresión de las mutaciones de la infancia?

El humor, aquí, es aquello que produce el des-mascaramiento de la realidad de otros niños. Que nos pone cara a cara con “lo no dicho”. Que nos pone de cara a realidades existentes “difíciles” de asimilar. A qué nos referimos con des-mascaramiento de la realidad de otros niños. A niños que, con su realidad, desdibujan las fronteras que separan a la adultez de la infancia y viceversa. En esta historia nos encontramos con seres oscuros de ojos desorbitados, otro modo de entender la niñez, otro modo de contar un cuento, por fuera de lo esperable de la clásica figura de un niño. Otra posición de enunciación, otra sensibilidad.

¿Qué es lo que nos extraña de esto? Quizá la posibilidad de observar que existen niños que no tienen un mundo rrrrrrosa para ver, sea porque no hay una infancia sino muchas, sea porque no hay un tipo subjetivo de niño sino varios y simultáneos.

Veamos, Aristóteles plantea en su poética que lo risible es un defecto y una fealdad sin dolor ni daño. En la historia de Agente 13 nos encontramos con que los personajes son todos niños, a las vez adorables y oscuros, como: Infanticidia (una niña de largo cabello negro y ojos desorbitados), Afectadito (quien se cosió los ojos y los labios), Mechita (niña aplicada y responsable que un día se encendió e incendió), las Hermanas Abrojo (unidas por las diferencias, necesitan que alguien las separe) y Remiendos (necesita que alguien la una, ella dice: -yo y yo no somos la misma persona-. Cuánta verdad…)

¿Qué nos pasa cuando estas nuevas figuras irrumpen violentando ciertas coordenadas de lo esperable? ¿Qué sucede cuando penetran expresando cantidades irresponsables de tristeza, la violencia del enojo encendido o la fractura del ser? La respuesta se acota muchas veces, a anudar al niño una enumeración de signos silenciando el síntoma mediante el uso de fármacos. Estas criaturas, arrastradas a la oscuridad  por cierta legalidad de lo no esperable por quedar fuera, se asemejan a aquellas que preocupan a padres, docentes y terapeutas. Los personajes de esta historieta llevan al extremo su disconformidad, los niños que cruzamos por la calle o nos topamos en nuestros consultorios muestran la dificultad de adaptarse a las amplias exigencias de una doble escolaridad, idioma, deporte, recreación asistida, etc. Por supuesto, en todos estos espacios la exigencia es la misma: no hablar, no molestar, prestar atención, aprender rápido y sin preguntas molestas. Fallar en cualquiera de estos aspectos habilita a un profesional a determinar de manera poco rigurosa un diagnóstico de trastorno de atención, el que será resuelto mediante la administración de psicofármacos.[3]

La metamorfosis producto del acto humorístico nos convoca a replantear nuestro lugar como analistas. Nos permite alejarnos de lo visible y abrir espacio a la escucha, a aquello que allí se enuncia. Cuando esta novedosa estética se ríe de lo bello, lo correcto, lo perfecto pone en duda los cánones que simulan legitimar una verdad como total, única y sin fallas no procura desconocer el malestar, sino que muestra la infancia despojada de dogmatismo, como una construcción posible de la que no podemos dejar fuera al niño, su relato y su entorno.

 

 

Mariángeles Cuellas y Fabiana Lidia Bertin


[2] La subcultura (o cultura underground) gótica es un movimiento que existe en varios países. Empezó en el Reino Unido, entre finales de los ’70 y mediados de los ’80, en la escena del Rock gótico que es una derivación del Post-Punk. Provienen principalmente de las influencias de la literatura de terror y de las películas de horror. []Dentro de esta subcultura el estatus se gana a través de una participación entusiasta y de la creatividad; por Ej. El formar una banda, tocando música, haciendo ropa, diseñando, creando arte, o escribiendo un fanzine, o actividades de la línea y cultura del hazlo tú mismo. El cineasta T Barton es un representante de este movimiento.

[3] La solución farmacológica actual nos recuerda a las dóciles generaciones que habitaban el mundo feliz de Aldous Huxley donde el “soma” o “droga ideal” permitía que niños de probeta perfectamente acondicionados y estratificados socialmente, se adaptaran en su adultez al status quo preconcebido sin poner en duda ni intentar hacer mella sobre la rígida la lógica del régimen.

Sobre el “Sindrome de Deficit de Atencion” en niños

“Diagnóstico invalidante”

 

En un texto dirigido al Ministerio de Salud, a los medios de comunicación y a la opinión pública, un conjunto de más de 150 expertos se pronunció críticamente sobre el diagnóstico de “síndrome de déficit de atención con y sin hiperactividad” (ADD/ADHD), a consecuencia del cual “los niños son medicados desde edades muy tempranas con una medicación que no cura” y que “tiene efectos secundarios importantes”.

Los abajo firmantes, profesionales de reconocida trayectoria en el campo de la psicología, la psiquiatría, la neurología, la pediatría, la medicina familiar, la psicopedagogía y la psicomotricidad, queremos hacer llegar al Ministerio de Salud, por consenso, la siguiente solicitud:

Asistimos en nuestra época a una multiplicidad de “diagnósticos” psicopatológicos y de terapéuticas que simplifican las determinaciones de los trastornos infantiles y regresan a una concepción reduccionista de las problemáticas psicopatológicas y de su tratamiento. Esta concepción utiliza de modo singularmente inadecuado los notables avances en el terreno de las neurociencias para derivar de allí, ilegítimamente, un biologismo extremo que no da valor alguno a la complejidad de los procesos subjetivos del ser humano. Procediendo de manera sumaria, esquemática y carente de verdadero rigor científico se hacen diagnósticos y hasta se postulan nuevos cuadros a partir de observaciones y de agrupaciones arbitrarias de rasgos, a menudo basadas en nociones antiguas y confusas. Es el caso del llamado síndrome de “déficit de atención con y sin hiperactividad” (ADD/ADHD).

Este diagnóstico se realiza generalmente en base a cuestionarios administrados a padres y/o maestros y el tratamiento que se suele indicar es: medicación y modificación conductual.

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El bebé “delincuente”

COLOVINI, M. Doctor de la UNR..Psicoanalista, Investigadora y Docente de las Facultades de Ciencias Médicas y Psicología de la UNR. maritecolovini@gmail.com

“Por encima de todo, me interesa cómo nuevas clasificaciones de personas crean nuevas posibilidades de elección y acción, de quién o qué es uno y qué puede uno hacer; lo que las nuevas clasificaciones les hacen a las personas clasificadas, y cómo cambian por ser así clasificadas; cómo esos mismos cambios en las personas cambian nuestras teorías de las clasificaciones. Esto es lo que yo llamo un efecto de bucle. “

Entrevista a Ian Hacking, realizada por Asunción Álvarez Rodríguez, publicada en la edición digital de la revista Cuadernos de materiales en 2007.

Recientemente he disfrutado de compartir las primeras vacaciones de mi nieta Camila. Es una niñita de ocho meses, que me regala sonrisas tiernas y acapara mi atención con sus primeras gracias. Una de las noches, mientras la paseaba para que pudiera dormirse, pensé en el título de éste trabajo y esperé que pudiera leerse con la ironía que conlleva.

Me imaginé en el papel del profesional o el educador que tuviera que llenar el carnet de trastornos de conducta que la Ley de Prevención de la delincuencia, redactada por Sarkosy antes de su asunción como Presidente, propone en Francia. ¿Cómo cumplir con esa ley anotando en un “prontuario” los signos de conducta de un bebé, a sabiendas que mi anotación inscribiría a fuego la estigmatización de ese niño?

Me pregunto si los expertos convocados por el Instituto Nacional de Salud (Inserm) de Francia, para redactar el estudio “Alteraciones mentales, diagnóstico precoz y prevención en niños”, que propone “detectar alteraciones del comportamiento en la guardería”, estigmatizando como patológicos “las cóleras y los actos de desobediencia” y presentándolos como indicadores sobre una futura delincuencia, han podido reflexionar sobre las consecuencias políticas, sociales y éticas de su accionar.

De la lectura del informe, que recomiendo, voy a destacar el uso, por los expertos, de las clasificaciones diagnósticas llamadas DSMIV y CIE 10, justamente para poner de manifiesto el uso político que poseen y analizar los efectos sociales de su utilización a escala global. Es interesante remarcar que los once expertos, más los siete auditores, pertenecen a centros de investigación y de docencia universitaria de Francia y Canadá, cubriendo un amplio abanico de orientaciones y especialidades profesionales y clínicas. Para todos ellos, el Manual de Diagnóstico de Trastornos Mentales funcionó sin cuestionamientos como el “esperanto” que pudo aunar concepciones y criterios diagnósticos. Evidentemente, ésta es la intención que animó a los psiquiatras estadounidenses que en la década del 50 crearon ésta herramienta tan poderosa. Podemos decir que a más de medio siglo de creada, la empresa es altamente exitosa. Lo que es lamentable es relevar los efectos de su utilización.

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